La creencia popular de que «somos lo que comemos» bien podría adaptarse como «nos sentimos (tristes, nostálgicos, felices, etc.) por lo que comemos». No es una afirmación gratuita: la psicología y la neurociencia modernas han demostrado que existe una conexión profunda entre la alimentación y el bienestar emocional. Por eso las terapias de cualquier clinica psicologica hacen cada vez más hincapié en la nutrición como uno de los pilares de la salud mental. Tanto es así que la psiconutrición gana adeptos por momentos, pese a ser una especialidad relativamente nueva.
Además de cumplir una función puramente biológica, la comida también impacta sobre las emociones y el bienestar psicológico del ser humano. Para el neurobiólogo estadounidense Michael D. Gershon, el estómago constituye el «segundo cerebro» porque el noventa por ciento de la serotonina se genera en el tracto gastrointestinal. En otras palabras, la felicidad depende en buena medida de la alimentación.
El vínculo entre la comida y la salud mental queda demostrado con el fenómeno del hambre emocional. Este trastorno relacionado con la ansiedad surge cuando el paciente combate sentimientos como la soledad, la frustración o la tristeza a través del consumo impulsivo de alimentos.
De forma menos extrema y perjudicial, todas las personas utilizan la comida como un mecanismo de recompensa. La alta palatabilidad de ciertos alimentos procesados (snacks salados, dónuts, etcétera) libera explosiones de dopamina que alivian el estrés, la apatía y otros sentimientos negativos. Como dice el refrán, «los duelos con pan son menos», y si es de hamburguesa, mejor gracias al sabor atractivo del pan brioche.
Del punto anterior, se deduce que ciertos alimentos mejoran el estado de ánimo y permiten combatir la ansiedad. ¿Sucede también a la inversa? La respuesta es afirmativa: varios estudios concluyen que las grasas trans propician la inflamación neuroquímica y pueden inducir estados de depresión en el gourmet.
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