Las alianzas de compromiso y de pedida son las grandes protagonistas de la joyería nupcial. Sin ellas, la ceremonia de bodas no podría completarse y perdería además uno de sus rasgos identitarios. Pero existen otras joyas en este sector que atraen las miradas hacia los novios y contienen una gran carga sentimental, cultural o tradicional.
Las joyas nupciales datan del Antiguo Egipto, cuando los prometidos ya intercambiaban anillos fabricados con juncos y otras fibras naturales. Es innegable que su función principal es reflejar la unión de dos corazones y el amor eterno (el círculo, sin principio ni fin, simboliza el infinito en las culturas ancestrales).
Más allá de este simbolismo, los anillos y otras joyas nupciales se emplean con fines estéticos. La pedrería y los metales nobles realzan la belleza de su portador y «casan» bien con los colores típicos de la vestimenta nupcial. Su función complementaria esconde a menudo una utilidad real; determinados broches, por ejemplo, ayudan a recoger la cola y otras secciones del vestido.
Culturalmente, ni las bodas civiles ni religiosas se conciben hoy sin el uso de joyería. Salvo en las nupcias sin anillos y otras tendencias minoritarias, los contrayentes desean sus alianzas por una simple cuestión de tradición o de religiosidad.
Después de los anillos de pedida y de compromiso, las joyas más demandadas en el sector nupcial son los pendientes. Es deseable que reflejen la personalidad de la novia y que armonicen con la forma de su rostro. Las pulseras, por su parte, también aumentan la elegancia y la belleza de la contrayente durante su gran día, al igual que los collares.
Los novios, por su parte, también recurren a la joyería al pronunciar el «sí, quiero». Los gemelos y alfileres de corbata son accesorios que acrecientan su distinción y dan a su indumentaria una mayor presencia.